
Fue perdiendo la visión poco a poco. En el momento en que dejó de ver definitivamente pensó que el mundo se le caería encima y estaría dependiendo para siempre de otra persona, pero el tiempo le demostró que “cuando se cierra una puerta, se abre otra”.
Actualmente tiene dos anhelados deseos: el poder establecer su propio espacio para masajes y el de conocer a su madre, quien la dejó al cuidado de su abuela paterna cuando tenía tres años y nunca más volvió a verla.
Es la historia de Werkys Brito, de 40 años, no vidente, quien trabaja como masajista en el Centro Tacto Divino, ubicado en Mirador Sur, oficio que estudió y aprendió luego de perder la visión.
No sabe con exactitud su diagnóstico, pero sí recuerda que nació con problemas de visión que requirieron someterla a cirugía, desde muy niña tenía una muy baja visión, que la obligó a dejar la escuela cuando llegó al primero de bachillerato. Los cursos los completaba copiando de los compañeros porque no podía ver la pizarra.
Ante las dificultades económicas en la que se desenvolvía, laboraba como doméstica en casas de familias y recuerda que en más de una ocasión le llamaban la atención porque rompía algunos platos o no veía donde se acumulaba la mugre.
Hace unos años dejó de ver completamente y por recomendación de una tía política asistió a la escuela donde aprendió las técnicas de masajes terapéuticos, de relajación y cualquier otro tipo, con lo que gana su sustento.
